Amantes

Gillian Anderson o cómo una piel madura y con pecas puede lucir espléndida

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Carlos Lloréns Pueden creerme. Se me ocurrió este artículo, de camino hacia casa. Inauguraron un parque infantil muy cerca. Pese al frío, los niños jugaban, ajenos a la climatología. Entonces recordé mi época. Posiblemente también la de muchos de ustedes. En el primer caso se balanceaba y en el segundo se deslizaba la inocencia propia de la edad.

Numancia es una obra que trata magistralmente los conceptos de honor, amistad y heroísmo. Es un texto instintivo, encarnizado y emotivo en torno a la figura del ser humano enfrentado a un conflicto bélico. La historia es de una vigencia dolorosa y pese a estar la obra íntegramente declamada en versos endecasílabos, los cuadros propuestos por La María resultan bellos, eficaces, ultraviolentos y poéticos… El trabajo del elenco es invisible, perfecto en su armonía con el resto de los participantes. Pese a que cada individuo tiene momentos de brillo propio, el todo termina imponiéndose a las vegüenzas, casi como si la puesta en escena lograra recrear sobre el decorado la existencia de una masa no compuesta por individuos, sino por pulsiones, energías y sentimientos, donde no existen egos absorbentes ni estallidos de aire…, Severa y despojada, la propuesta, que reduce el protagonista coral a una docena de ejecutantes, ocurre en un espacio desnudo con los reflectores a la vista. Cansados de tanta baldón, el pueblo numantino decide negociar las paces con el general romano Escipión, quien ha llegado a la territorio dispuesto a poner freno a las crueles batallas, ya que los guerreros numantinos tienen fama de brutales e invencibles en lucha cuerpo a cuerpo. Sin embargo, una perversa idea le ronda: construir un gran muro en donde el pueblo español quede encerrado y así, movidos por el anhelo, la guerra llegue a su fin. Los numantinos, desesperados proponen una noticia solución.

Se mecía una onda, y en su seno encendíase, por un instante, un guiñapo de escarlata desteñida. Alrededor de los remolcadores temblaba una franja de cambiantes. Las barcas, al pasar, dejaban en la corriente una larga guión de colores, como si fueran soltando serpentinas en la corriente. El gélido es intenso, y los pasajeros, enfundados en sendos abrigos, al hablar, echan por la boca nubecillas de gas plomizo. De ella sale, como si la atravesara con esfuerzo, un luna gris que melancoliza el ambiente. Es una hora indecisa que no atinaríamos a definir si, recurriendo a las muestras de los relojes, no viésemos que señalan las diez y que, tras de una noche azul, nos encontramos a la mitad de la mañana nublada. Ver la ciudad, distinguir los edificios, contemplar el panorama, es imposible. Y luego, en el grande fondo, caprichosamente reclinadas, unas nubes sombrías, unas formas extrañas, dos, tres, cuatro erectos paralelepípedos, que dan el alcance de que son bandas negras, estandartes desteñidos que cuelgan de la altura del horizonte, mejor que formas que se levantan asentadas sobre la gleba. Son pedazos de montañas, acantilados, tajos y escarpaduras.

Mes: Julio - Diciembre Año de publicación: Por deformación profesional o por incapacidades, suelo apreciar las películas a partir del guión. Mientras a mi lado fotógrafos y sonidistas analizan matices de la luz, del encuadre, o voces y ruiditos fuera de eje que soy incapaz de percibir, mi cabeza se queda perturbada por la coherencia del argumento y los personajes, por los planos que cuentan bien o mal la historia. El primer guía de esta película francesa, por antonomasia, podría considerarse gratuito. Madeleine, una madama madura Sabine Azéma camina por un sendero en el campo. Recibe una llamada en su celular.

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